Nunca como hoy en la historia eclesiástica ha existido una iglesia tan dócil y amistosa en su relación con el mundo. Nunca como ahora la iglesia ha estado tan enfocada en el mundo no para evangelizarlo, sino para imitarlo. Nunca como hoy la imagen de Cristo ha estado tan diluida en los rostros de aquellos que tienen la encomienda de reflejarlo.  

Da pena y a veces vergüenza ver esta iglesia que se mueve al ritmo mundano y sus pasos siguen la agenda que traza el mundo y no Cristo. Es repugnante ver esta iglesia que se ríe horas y horas de cuentos mundanos, pero no llora un segundo por las almas que se pierden. Esta iglesia que abre sus puertas a los ofrecimientos terrenales, pero las cierra a las exigencias celestiales.


Uno de los recuerdos más hermosos de mi vida cristiana no tiene que ver con la iglesia en sí, sino con un lugar fuera de ella, ese maravilloso lugar se llama “La Casa Pastoral”.  En ese espacio se forjaron mis mejores amistades con los jóvenes de nuestra iglesia que en vez de reunirnos a jugar Nintendo u otro hobie del momento, nos juntábamos en la casa del pastor sin más razón que pasar un rato agradable. No había mejor compañía para nosotros que la compañía de nuestros pastores; sus chistes, comentarios o reprensiones todas sirvieron para nuestra formación.

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